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Mi clase de danza

By 1 febrero, 2021No Comments

Entro a clase. Comienza la música y el cuerpo despierta, la mente comienza a calmarse por fin. Empiezo a sentir las plantas de los pies y desde ahí la energía sube por mis piernas, caderas, torso, brazos, cabeza hasta perderse y viajar por todos lados.

Respiro con más conciencia y atención. El calentamiento me encanta porque me conecta y va engrasando articulaciones, elongando y tonificando músculo.  Me concentro en cada movimiento para realizarlo con esmero.

La música árabe me lleva de viaje a lugares que me apaciguan y reconfortan tremendamente; entro a un nuevo estado físico, anímico, emocional. La mente se me ha perdido en el camino y menudo descanso…

Aterrizo un poco y vuelvo a concentrarme en el cuerpo y la respiración.

Disfruto cada sensación: la fuerza y anclaje de mis piernas, el poderío y energía tan profunda en mis caderas, la estabilidad en el centro del cuerpo, la soltura y movilidad que va ganando mi torso, la expansión en mis brazos.

Intento hacer más preciso el movimiento, ponerle la energía óptima, adecuarlo más a la música, expandirlo y expandirlo… Y en cada intento agradezco cada oportunidad que me da la danza para crecer, descubrirme más allá de lo aparente y seguir.

Escucho y analizo la música.  Mi oído reconoce sonidos, instrumentos, mide tiempo y cadencia; siento como la vibración envuelve y facilita cada paso.

Movimientos en ocho, espirales, camellos, círculos… Son continuos, como un dibujo donde no levanto el lápiz y busco nuevos trazos. Recorridos hipnóticos que profundizan en mí,  me recorren e incluso me poseen sacando emociones que andaban por ahí.

Vibraciones muy liberadoras donde el cuerpo se suelta con un centro estable y un buen enraizamiento. Respiro con calma dejando que fluya y disfruto tremendamente, aligero y suelto tensiones y mucho más que tensiones…

¡¡¡Desplazamientos, pasos, giros!!! El entorno a mi alrededor como compañero de baile, me relaciono de muchas formas: suave, fuerte, rápida, lenta, pesada, ligera… No hay límite entre mi cuerpo y el espacio, no hay límite entre mi cuerpo y la música, en realidad no encuentro ningún límite; me desaparezco y es pura delicia.

Solo encuentro un inconveniente, la clase de danza oriental se termina y la vuelta a lo cotidiano me cuesta un poco, allí se me hace más difícil desaparecer.

Afortunadamente y con tremenda gratitud a tod@s mis maestr@s (anteriores y actuales) en cuanto hay ocasión vuelvo a desaparecer para entregarme a la danza.

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